Por: Néstor Núñez, AIN/Red Voltaire
Bien se ha dicho: todo proceso de cambio económico, político y social no está completo ni persiste con la sola llegada de las fuerzas que lo impulsan a las casas de gobierno e, incluso, a los mecanismos del poder.
La “generación espontánea” no es condición valedera. En todo caso, cada experiencia será más fuerte y podrá garantizar su continuidad futura si es capaz de demostrar el grado de eficacia capaz de satisfacer las expectativas y necesidades concretas de sus respectivos pueblos.
No es asunto nuevo. Vladimir Ilich Lenin, el fundador del primer Estado de obreros y campesinos de la historia (la hoy extinta Unión Soviética) aún cuando apenas comenzaba a organizar su partido revolucionario, el bolchevique, ya sentenciaba que un régimen popular tenía como primera tarea demostrarle con hechos tangibles al pueblo su superioridad espiritual y material en relación con el viejo orden.
De manera que elevar el nivel y la calidad de vida de la población en todos los sentidos, y establecer el clima de oportunidades abiertas para todos, entre otras virtudes de los cambios revolucionarios, no solo responde a un acto de elemental justicia, sino también a necesidades políticas impostergables.
Baste recordar que uno de los propósitos del bloqueo norteamericano contra Cuba, proclamado desde los propios inicios del cerco por la Casa Blanca, era sembrar el desabastecimiento y la penuria entre el pueblo cubano para hacer cundir el desánimo, el caos, el descontento, y promover por esa vía el fin de la Revolución.
De manera que no andan despistados los procesos populares latinoamericanos que en nuestros días hacen énfasis especial en mejorar la vida cotidiana de sus conciudadanos, en impulsar las sociedades sobre bases ampliamente participativas, y en promover y consolidar la eficacia en cada una de sus gestiones.
Es ese el universo que precisamente comprende a los nuevos planes de integración regional, las misiones médicas y educativas, y los proyectos de desarrollo económico destinados, en primera instancia, a fortalecer al país y acrecentar la riqueza nacional para que favorezca a todos.
Hacer tangible esos logros es precisamente demostrar la real superioridad del proyecto revolucionario sobre los modelos de subordinación y dependencia que rigieron hasta hace muy poco en muchas naciones del área e, incluso, sobre las estructuras en que se sustentan las grandes naciones capitalistas, hundidas hoy en una crisis generalizada que no permite visualizar la más leve luz de mejoría.
Fuente: http://www.voltairenet.org/article165729.html
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La República indo mestiza
Andrés Soliz Rada, Rebelión
La Revolución de Buenos Aires, del 25–05, de 1810, provoca desasosiego en la historiografía boliviana. Los defensores de la casta encomendera que fundó Bolivia, en 1825, condenan la presencia de los denominados ejércitos auxiliares de las Provincias Unidas del Río de la Plata, a los que acusan de prepotencia porteña, espíritu sanguinario y robo de caudales de la Casa de la Moneda de Potosí. La primera acusación es subjetiva y prejuiciosa.
La segunda, olvida que se vivía una guerra entre colonizados y colonizadores, fruto de la cual fueron ahorcados pocos meses antes los protomártires paceños, sin olvidar que los jacobinos bonaerenses se identificaban con las Cortes de Cádiz, enfrentadas también al absolutismo de Fernando VII. La tercera es ridícula, ya que ningún contingente armado del mundo deja recursos económicos para uso de tropas enemigas.
El indianismo desconoce la alianza entre el Comandante del Primer Ejército Libertario, Juan José Castelli, y el caudillo aymara, Juan Manuel Cáceres, conocido como el “Oráculo de los Indios”, “General Restaurador de los Indios del Perú” y autor del “Plan de Reivindicaciones de Mitayos y Labriegos”, luego de haber sido el escribano de la Junta Tuitiva de 1809 (Ver texto de ASR, en “El Diplo”, 05 de 2010). Castelli fue figura central en la gesta de mayo de 1810. Llegó al Alto Perú enviado por Mariano Moreno, autor del genial “Plan de Operaciones”, en el que postuló la eliminación de la mita, la unión sudamericana y el proteccionismo económico. El edificio colonial se levantó sobre los cadáveres de los mitayos, dice Gunnar Mendoza. La unión sudamericana y el proteccionismo económico debían evitar la fragmentación de las colonias hispanas y su avasallamiento por el imperio británico. Para alcanzar estos objetivos, el “Plan” planteó confiscar los recursos de 6000 mineros, con los que debía culminar la gesta de la independencia y cimentar la industrialización endógena.
Al ingresar al Alto Perú, Castelli dispuso la abolición de la mita y la devolución de tierras a los indígenas, lo que le valió el fanático respaldo de quechuas y aymaras. En Charcas, liberó a Cáceres, quien había sido capturado por los realistas. El caudillo aymara fue la contraparte de la histórica alianza entre indígenas, los impulsores del “Plan” y los heroicos guerrilleros mestizos, como los esposos Padilla, Warnes. Camargo y Esteban Arce. En Tiahuanacu, Castelli anunció que los aymaras designarán cuatro representantes al Congreso de las Provincias Unidas, en una línea antagónica a la Constituyente de 1825, en la que no participó ningún indígena y sólo un mestizo, José Miguel Lanza.
El historiador Danilo Arze destaca la coordinación militar entre Cáceres y Esteban Arce después del repliegue de los Ejércitos de Buenos Aires. Ambos jefes militares estaban colocando los cimientos de la república indo mestiza, destruidos por encomenderos y latifundistas, que prefirieron financiar a las tropas del rey retrógrado. La derrota militar de Castelli en Guaqui, el 20-06- de 1811, sumada a los intereses pro británicos de los comerciantes porteños, viabilizaron el nacimiento de la Bolivia excluyente.
La situación se repitió con el arribo de Monteagudo y Belgrano, los nuevos comandantes enviados por Buenos Aires. Belgrano pidió a los quechuas de Macha que ocuparan las tierras de la provincia Chayanta, lo que incrementó el odio de los racistas (Fellman). La necesidad de impulsar la república indo mestiza sigue pendiente, la que debe emerger, en el marco de la Patria Grande, como proyecto nacional viable frente a la separatista Nación Camba y los impulsores de 36 inexistentes naciones indígenas, apadrinadas por ONG y el poder mundial.
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